Reflexión – 4to. Domingo Tiempo Pascual
¿También ustedes quieren irse?
Hola amiga, amigo.
¿Cómo estás? ¿Extrañando la iglesia abierta y tu participación en la Misa? Es verdad que hay muchas Misas por internet, pero no es lo mismo que estar presente.
Hoy mi visita virtual será un poco más larga. Puedes acompañarme hasta el final, o puedes tranquilamente echarme a la papelera.
Quisiera ayudarte a celebrar tú mismo una especie de Misa en tu casa, reconociendo tu familia como asamblea litúrgica familiar. No te asustes. Ya hemos visto hace unos días los pasos concretos que puedes dar. Te los recuerdo aquí de nuevo, adaptándolos al evangelio de hoy.
Tómate un tiempito de 30 minutos, posiblemente con tu familia, para dedicarte exclusivamente a la Palabra de Dios (apagando todos los medios de comunicación: celular, teléfono, TV, radio, internet, etc.).
1. – Puedes encender una vela, si la tienes, al lado de la Biblia, e iniciar con una breve oración espontánea, como sale de tu corazón, invocando la ayuda del Espíritu Santo. Por ejemplo: “Ven, Espíritu Santo, llena mi corazón del fuego de tu amor. Cuéntame entre los pequeños y sencillos, a los cuales el Padre Dios ha revelado los secretos de su Reino. Dame la sabiduría necesaria, para que yo pueda entender la Palabra que hoy me regalas, y tener la voluntad y firmeza para ponerla en práctica. Amén”.
2.- Después, lees detenidamente el texto del evangelio, con su comentario, como sigue:
Evangelio de san Juan 6, 60-69:
Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: “¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen”. En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: “Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede”.
Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: “¿También ustedes quieren irse?”. Simón Pedro le respondió: “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”.
Jesús había multiplicado los panes, indicando que la posibilidad de satisfacer el hambre de la gente pasa por el compromiso de compartir el pan. La generosidad vence el egoísmo y multiplica los bienes.
Pero el acontecimiento le sirvió también para abrir otro discurso: como necesitamos alimentarnos para la vida física, así necesitamos alimentar la vida en el espíritu, y Jesús mismo es el alimento, el “pan bajado del cielo”, para que todo el que lo coma “tenga vida para siempre”. Se ofrece a sí mismo, hasta la cruz, para que nosotros, aprendiendo de él, podamos repartir nuestro pan y hacernos pan para los demás. Es éste también el sentido del sacramento de la eucaristía, que él deja a sus discípulos durante su última cena.
La propuesta de Jesús es totalmente contraria a las expectativas de la gente. Los adversarios de Jesús se le oponen repetidamente. Pero al final es también un grupo importante de discípulos que la rechaza. La multiplicación de los panes había despertado en ellos los sueños de poder, la esperanza de un mesías glorioso y triunfador, y por eso habían confabulado con el intento de hacerlo rey. En cambio, él ahora viene con la idea de servir y de ofrecer su vida misma, como manifestación de amor, para hacer crecer la vida de todos. La humillación de la cruz sería la “glorificación” de Jesús y su regreso al Padre: “¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes?”.
Son dos proyectos opuestos: uno inspirado en una visión de una vida encerrada en sí misma, en sus intereses y en su egoísmo y ambición, que Jesús llama “carne”; y el otro abierto al “Espíritu”, al amor, a la justicia y solidaridad, a la entrega de la vida: un proyecto excluye el otro.
Con firmeza Jesús declara: “El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve”. El hombre es sólo “carne” cuando no es animado por el Espíritu. Las palabras de Jesús son “Espíritu y vida”, infunden el Espíritu, la fuerza del amor que viene del Padre, y comunican vida plena. Hace falta definirse si se quiere acogerlas o rechazarlas y aclarar las verdaderas motivaciones del seguimiento de Jesús.
“Muchos de sus discípulos”, de sus mismos seguidores, le dicen “no” a Jesús, no le dan su adhesión: “Se alejaron de él y dejaron de acompañarlo”. Sus palabras son demasiado exigentes: “¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?”. El texto del evangelio hace pensar que esta crisis se dará también en las futuras generaciones de discípulos. Juan refleja la experiencia de su comunidad.
Frente a la deserción de muchos y al fracaso de su propuesta, Jesús no flexibiliza las exigencias. Está dispuesto a quedarse solo, como se había quedado solo, huyendo a la montaña, cuando quisieron hacerlo rey. No hay alternativa a su proyecto de servir y amar hasta la entrega de la vida.
La pregunta de Jesús a los Doce es sin hesitación: “¿También ustedes quieren irse?”: plenamente libres de seguirlo o no. Jesús no pretende retenerlos.
¿Por qué se quedan? Es posible que también en el corazón mismo de la comunidad haya quien se resiste, quien ofrece un seguimiento sólo exterior, quien está dispuesto a la traición: “Hay entre ustedes algunos que no creen. En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar”.
Lo seguirán sólo los que son atraídos por el Padre, a que el Padre se lo concede: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, ocultando estas cosas a los sabios y entendidos, se las diste a conocer a la gente sencilla”. El seguimiento de Jesús es don del Padre. Simón Pedro hace una confesión de fe, que no es sólo personal. Es la confesión de la comunidad de los verdaderos discípulos: “Tú tienes palabras de Vida eterna”. No hay otro maestro, no hay otro camino para la vida: “¿A quién iremos?”. Jesús es el camino: “Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios”. Se quedan sólo los que se comprometen con Jesús, con su palabra de vida y la realización de su proyecto.
Estás ahora en condiciones de reflexionar y contestar a la pregunta:
¿Qué dice este texto del evangelio? (¿Te parece que lo has entendido bien? Podrías releerlo pausadamente, fijándote en la escena, en los personajes, en las opiniones que intercambian).
3.- Intenta luego un diálogo en familia, subrayando las frases que más te han llamado la atención e intercambiando algunas ideas sobre cómo este texto podría servirnos para mejorar o cambiar nuestra vida, contestando a la pregunta:
¿Qué nos dice este texto del evangelio a nosotros hoy?
Te pueden ayudar en la reflexión las siguientes preguntas:
1. Cuando Juan recuerda las palabras de Jesús: “Hay entre ustedes algunos que no creen”, lo decía también para su comunidad. ¿Crees que lo podría repetir también hoy para nosotros?
2. ¿Hay momentos y cosas, en que te parece que Jesús te exige demasiado, y te cuesta mucho decirle “sí”? ¿Cuáles?
3. ¿Qué motivos tendrías para irte de la iglesia, y qué motivos tienes para quedarte en ella?
4. Si estás de acuerdo con Simón Pedro, que le dice a Jesús: “Tú tienes palabras de Vida eterna”, ¿qué haces, para que las palabras de Jesús sean palabras de vida también para ti?
4.- Concluimos con una oración, en que pedimos sobre todo dos cosas:
1. la ayuda del Señor para poner en práctica este evangelio;
2. y oramos por la familia y los vecinos, especialmente si hay enfermos, en este tiempo de pandemia, algún duelo, nacimientos, bautismos, matrimonios, aniversarios, problemas ambientales, personas sin trabajo, pobres, ancianos solos, migrantes, acontecimientos felices o tristes. Puedes agradecer, pedir perdón, comprometerte en algo concreto para estos días, y para tu vida, con la pregunta:
¿Qué le decimos a Dios?
5.-Terminamos invocando a Dios como Padre, como nos enseñó Jesús: Padre nuestro…
6.- Después de alimentarte con la Palabra de Dios, de meditar y orar, puedes recordar lo que hizo Jesús en la última cena de su vida: mientras estaba a la mesa con sus amigos más íntimos, tomó pan, dando gracias a Dios, lo partió y lo dio a sus amigos diciendo: “Tomen y coman todos de él, porque esto es mi cuerpo, que será entregado por ustedes”. Y del mismo modo, acabada la cena, tomó el cáliz y, dando gracias de nuevo a Dios, lo pasó a sus amigos diciendo: “Tomen y beban todos de él, porque éste es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por ustedes y por toda la humanidad para el perdón de los pecados. Hagan esto en conmemoración mía”. ¿Te animarías a tomar un pan, partirlo y repartirlo entre los miembros de la familia, y hacer lo mismo con un vaso de vino, repitiendo con sencillez los gestos que hizo Jesús? Aunque no sea una verdadera comunión sacramental, te ayudaría a revivir la cena del Señor. Él está en medio de nosotros con su Espíritu.
Lo puedes hacer también si estás solo en la casa.
7.- Agradece a Dios y bendice a cada miembro de tu familia, y ellos a ti. Si estás solo, envía tu bendición desde tu casa a los vecinos, y toda la comunidad te bendice, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Amén.


